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martes, 8 de abril de 2014

EL TESORO DEL ZIPA


EL TESORO DEL ZIPA - HACIENDA EL RINCÓN
Por: Leonor Lamo


Lo bueno y conveniente, claro está, es no creer en santuarios, en guacas ni en espantos, pero ¡que los hay, los hay! 
En 1895, la hacienda El Rincón pasó a ser propiedad de doña Paulina Caicedo viuda de Calvo -hija de don José Caicedo y Rojas y de doña Paulina Suárez Fortoul, de quien la heredó don Julio Caicedo Collins, y esta señora le construyó la actual casa de hacienda. La finca se extiende, como es sabido, entre las haciendas el Castillo y Yerbabuena. 
Diadema o corona muisca con tres
figuras en forma de ave
400 al 1800 d.C. (cronología relativa)
Oro laminar calado con figuras macizas fundidas
a la cera perdida
Código: 38-I-930
Procedencia: Altiplano cundiboyacense .
Museo Nacional de Colombia
archivos internet.  
      

Ocurrió, pues, que un día en dicha hacienda, descendió el señor Caicedo a la más profunda e interesante aberturas subterráneas de unas rocas, y como observara un orificio circular en una de las rocas verticales intentó introducirse por allí, sin lograr conseguirlo. Adelantó entonces el brazo con la linterna y pudo ver un objeto que brillaba y que bien pronto estuvo en sus manos. ¡Júzguese cuál sería su sorpresa cuando comprobó que se trataba de una culebrilla de oro puro, típico trabajo de los aborígenes, de quince centímetros de longitud, un centímetro de anchura y un milímetro de espesor! La cabeza del lindo animalejo está formada por dos láminas finísimas, la superior trabajada en forma de estrías ornamentales, y por entre ellas asoma una lengüeta de oro, imitando la de los ofidios; y a cada lado de la cabeza sobresalen tres hilos áureos, como bigotes de gato. 

Meses más tarde, a principios del año 1923, don Julio Caicedo llevó una noche la culebrita al Friend's Club y
contó su historia ante varios amigos, entre quienes se hallaban el doctor Bernardo J. Caicedo, don Carlos Umaña Barreto.

La charla posterior derivó hacia los campos de la historia y se habló del tesoro del Zipa de Bacatá, nunca hallado por los conquistadores; y al amanecer de aquel memorable día una determinación se había tomado: buscar y encontrar, si posible fuere, la misteriosa y riquísima guaca del soberano chibcha. Y dicho y hecho: dos días después viajaron los amigos a la hacienda, y en la alcaldía de Chía hicieron abrir el libro respectivo sobre denuncia de tesoros indígenas, para tener pleno derecho a llevar a cabo todos los trabajos necesarios al fin perseguido. 
El conjunto del terreno es de forma triangular, cuyos lados lo forman la culebra, la línea indicada y la roca del fondo. Y sólo restan dos detalles por agregar: el primero es que la sima a donde descendió el señor Caicedo, y en la cual halló la culebrilla de oro, está situada justamente en el cerro que domina el anfiteatro; y el segundo es que tanto la áurea culebrilla como la de tierra, y también la lagartija -o culebrilla- coronada de los jeroglíficos, tienen las tres el mismo número de curvas a cada lado: son, por lo tanto, muy significativamente semejantes. 
Con fe, actividad y constancia sumas se adelantaron los trabajos de santuariomanía en El Rincón. Hubo necesidad de contratar a un técnico y a un guaquero profesionales, y así se hizo. El técnico fue un señor de apellido Guevara, muy conocido en Bogotá por su segunda profesión de escultor de santos, quien tenía ya varios miles de pesos ahorrados procedentes de afortunadas excavaciones anteriores. El guaquero, en funciones descendiente puro de la raza aborigen, fue Peregrino Guáqueta, oriundo de la región de Tequendama, de amplia y bien probada experiencia en estos asuntos. 
Figura votiva en forma de serpiente. Región Muisca – Periodo Muisca 600 d.C. – 1600 d.C. Fundición a la cera perdida.
Tomado archivos internet Biblioteca Luis Angel Arango
El técnico Guevara fue llevado al anfiteatro y luego al "triángulo de la culebra". Hizo revivir los jeroglíficos, los estudió por espacio de días y dictaminó que el punto aquel del dibujo, sin señal correspondiente en el terreno, significaba el sitio en donde era necesario cavar hasta que se hallara un pozo de agua; y, a su turno, Peregrino conceptuó que tanto la culebra como el montecillo eran artificiales y que habían sido construídos con tierra acarreada desde un lugar próximo, que pudo también localizar. Y con esto, y tras de las necesarias explicaciones para que se evitara la aproximación de mujeres, porque su sola presencia hace que el tesoro se juya, se puso al frente de los trabajos de excavación. 
De firme, y por espacio de muchos días, se trabajó entonces. A cierta profundidad se hallaron numerosas ollas de fabricación indígena, colocadas de tres en tres y superpuestas; y, finalmente, tal como lo había anunciado el técnico Guevara, apareció el pozo de agua. ¿De dónde provendría ésta? 
Solamente que, en este estado las cosas, intervinieron fortuitas circunstancias que impidieron continuar los trabajos. Hubo necesidad de abandonarlo todo, y allí continúan posiblemente escondidos los tesoros del Zipa, cuya alma en pena prosigue asustando en las noches a quienes, perdido el camino, se acercan por los lados del "triángulo de la culebra". 
Lo bueno y conveniente, claro está, es no creer en santuarios, en guacas ni en espantos, pero ¡que los hay, los hay!
Ofrendas muiscas: